Entrevista de la Tanatóloga Karen Bejar a Marlene Sánchez
Perder a una hija es una de las experiencias más dolorosas que puede atravesar una madre. Pero cuando la pérdida ocurre por suicidio, al dolor de la ausencia pueden sumarse preguntas, culpa, incomprensión, estigma y juicios de personas que desconocen todo lo que ocurrió antes de esa despedida.
La historia de Marlene muestra una realidad especialmente difícil: durante diez años acompañó a su hija en medio de problemas de salud mental, adicciones, recaídas y diferentes intentos por encontrar ayuda. La sostuvo, buscó tratamientos, acudió con profesionales y estuvo presente en momentos de crisis.
Hasta que un día su hija murió por suicidio.
Marlene no solamente tuvo que enfrentar la pérdida de su única hija, de 25 años. También tuvo que enfrentarse a una intervención de las autoridades, a la acusación de haber alterado la escena, al rechazo inicial de un sacerdote y a los juicios de quienes intentaban explicar una historia que no conocían.
Este testimonio invita a reflexionar sobre el duelo por suicidio de una hija, pero también sobre algo todavía más importante: la manera en que acompañamos a una familia cuando atraviesa una pérdida de esta naturaleza.
Cuando una madre intenta salvar a su hija
Durante años, Marlene vivió pendiente de su hija.
Su historia familiar estuvo marcada por problemas complejos relacionados con adicciones, trastornos de personalidad, epilepsia y diferentes situaciones que fueron acumulándose con el paso del tiempo.
Marlene cuenta que llegó a dejar de trabajar para dedicarse a ella. La llevó a clínicas, buscó tratamientos, acudió a grupos de ayuda y trató de encontrar diferentes alternativas para que pudiera recuperarse.
También escondía objetos que podían representar un riesgo, siguiendo indicaciones de los profesionales que la acompañaban.
No era una preocupación ocasional.
Era una forma de vida.
Durante aproximadamente diez años, Marlene estuvo intentando rescatar a su hija de diferentes situaciones. Por eso, cuando llegó el momento más crítico, su primera reacción volvió a ser la misma que había tenido tantas veces: intentar salvarla.
No estaba pensando en procedimientos legales.
No estaba pensando en preservar una escena.
Estaba pensando en su hija.
El día en que todo cambió
Marlene recuerda que su hija decidió quitarse la vida en la sala de su casa.
Ante la situación, intentó proporcionarle primeros auxilios y llamó al servicio de emergencias.
Cuando llegaron las autoridades, le indicaron que había alterado la escena y posteriormente fue llevada a declarar bajo una acusación que ella consideró injusta.
Todo ocurrió mientras estaba atravesando una crisis emocional extrema.
Su hija había muerto.
Su casa estaba llena de policías, bomberos, paramédicos y familiares.
Y ella solamente quería salir de aquella escena.
Marlene describe aquella noche como uno de los momentos más oscuros de su vida.
La experiencia permite observar una dimensión del duelo que muchas veces permanece fuera de la conversación: la persona que acaba de perder a alguien puede no encontrarse en condiciones emocionales para procesar con claridad todo lo que está ocurriendo a su alrededor.
Primero existe la pérdida.
Después llegan los trámites, las preguntas, las autoridades, los procedimientos y las decisiones que deben tomarse cuando emocionalmente la persona apenas puede comprender lo sucedido.
El duelo comienza en medio de una crisis
Durante la conversación, se explica que la crisis puede formar parte de las primeras experiencias después de una pérdida.
La realidad puede sentirse confusa y difícil de procesar.
Marlene reconoce que sintió enojo, dolor y desesperación.
Incluso llegó a enojarse con su propia hija.
Estas emociones pueden resultar difíciles de aceptar para una persona en duelo, especialmente cuando existe la idea de que después de una muerte solamente deberían existir tristeza y amor.
Pero el duelo puede estar acompañado de muchas emociones diferentes.
Puede haber enojo.
Puede haber culpa.
Puede haber incredulidad.
Puede haber miedo.
Puede haber alivio cuando termina un periodo prolongado de sufrimiento y, al mismo tiempo, una tristeza profunda por la ausencia.
Sentir una emoción no significa que esa emoción defina el amor que existía hacia la persona que murió.
El rechazo de la iglesia y el peso del estigma
Después de la muerte de su hija, Marlene buscó un espacio religioso donde pudiera despedirla.
Quería realizar una misa de cuerpo presente.
Sin embargo, cuenta que inicialmente recibió una respuesta negativa por parte de un sacerdote, quien le dijo que su hija había cometido un pecado mortal y que no entraría al reino de los cielos.
Para una madre que acababa de perder a su única hija, aquellas palabras tuvieron un impacto profundo.
Marlene explica que se sintió avergonzada y todavía más triste.
Pero decidió no quedarse con esa respuesta.
Posteriormente habló con el obispo y planteó lo sucedido. El sacerdote se disculpó y fue sustituido por otro representante religioso en su comunidad.
La experiencia dejó en ella una reflexión sobre el estigma que todavía puede rodear al suicidio.
Cuando una familia pierde a alguien de esta manera, necesita acompañamiento, no señalamientos.
La conversación sobre religión, creencias y duelo puede ser compleja porque cada persona vive su espiritualidad de una forma diferente. Sin embargo, el testimonio de Marlene plantea una pregunta esencial: ¿qué necesita escuchar una persona que acaba de perder a un ser querido?
Probablemente, antes que una explicación sobre lo ocurrido, necesita sentirse acompañada.
Una despedida lejos de la iglesia, pero rodeada de personas
Aunque la primera respuesta religiosa fue dolorosa, Marlene encontró otra manera de despedir a su hija.
Familiares y amigas organizaron una ceremonia en un espacio familiar.
Consiguieron un sacerdote anglicano y prepararon el lugar con sillas, café y todo lo necesario para recibir a quienes quisieran acompañarlos.
La ceremonia terminó convirtiéndose en un momento profundamente significativo para ella.
Llegaron vecinos, amigos y personas que incluso se encontraban de vacaciones y regresaron para acompañarla.
La despedida no dependió de un edificio.
Dependió de las personas que decidieron estar presentes.
Este momento de su historia demuestra que el acompañamiento puede surgir de lugares inesperados. Una persona que atraviesa un duelo puede necesitar simplemente saber que no está sola.
Diez años de lucha contra las adicciones
Para comprender el duelo de Marlene es necesario mirar los 25 años de vida de su hija y no solamente el último día.
Durante una década intentó ayudarla frente a las adicciones y otras dificultades.
La llevó a diferentes tratamientos y buscó distintas alternativas.
También intentó acercarla a actividades, espacios espirituales y grupos que pudieran ofrecerle otros modelos de convivencia.
Marlene recuerda que su hija tenía cualidades que amaba profundamente.
Era una mujer humanitaria, tenía un gran apego por la naturaleza y rescataba animales para cuidarlos y encontrarles un hogar.
Pero las adicciones fueron afectando diferentes áreas de su vida.
La escuela.
El trabajo.
Las amistades.
Las relaciones personales.
La familia.
La propia percepción de sí misma.
Por eso, cuando se habla de una muerte por suicidio, resulta fundamental evitar reducir la historia de una persona a su último momento.
Una vida completa no puede resumirse en una sola decisión.
Las recaídas también forman parte de historias complejas
Marlene reconoce que hubo momentos de recuperación y también recaídas.
Ella misma tuvo que trabajar en sus propias conductas de codependencia y buscar ayuda profesional.
Su experiencia muestra que las familias también necesitan apoyo cuando viven de cerca una adicción.
No solamente la persona que consume necesita atención.
También quienes la rodean pueden terminar agotados, aislados y emocionalmente afectados.
Marlene cuenta que su familia nuclear llegó a desintegrarse durante este proceso y que en muchas ocasiones se sintió completamente sola.
Incluso su exesposo no pudo presentarse al funeral.
No necesariamente porque no quisiera a su hija, sino porque, como explica Marlene, hay personas que no saben cómo manejar una experiencia tan impactante.
El duelo puede afectar a cada integrante de una familia de manera diferente.
Cuando las adicciones y la salud mental requieren ayuda
Uno de los mensajes que Marlene dirige a los jóvenes que atraviesan una situación similar es que pidan ayuda.
Ella reconoce que algunas personas no es que no quieran salir de una adicción; en ocasiones sienten que no pueden hacerlo.
Las adicciones pueden convertirse en un problema muy difícil de afrontar sin apoyo.
Por eso, buscar ayuda puede ser un paso fundamental.
Acercarse a una persona de confianza, buscar atención profesional y encontrar espacios de acompañamiento puede permitir que alguien no tenga que enfrentar el problema en soledad.
Marlene también habla desde su experiencia de haber conocido personas que lograron recuperarse en centros de rehabilitación.
Su mensaje no es que el proceso sea sencillo.
Es que existen personas que pueden recuperar su vida cuando encuentran ayuda y participan activamente en su proceso.
El bullying y otros factores que pueden quedar ocultos
En el testimonio también aparece otro elemento importante: el bullying.
Marlene cuenta que su hija sufrió acoso durante diferentes etapas de su vida.
Ella llegó a intervenir cuando detectó situaciones en la escuela y posteriormente también hubo problemas relacionados con el entorno laboral.
Según su relato, en ocasiones acudió a las autoridades correspondientes, pero sintió que sus preocupaciones no eran tomadas con la seriedad que necesitaban.
Esto permite observar cómo diferentes factores pueden acumularse en una historia personal.
Problemas familiares, adicciones, dificultades emocionales, bullying, relaciones personales y otros acontecimientos pueden interactuar de maneras que desde fuera resulta imposible conocer completamente.
Por eso, juzgar una muerte por suicidio a partir de una sola explicación puede ser profundamente simplista.
Cada historia tiene un contexto.
Y ese contexto muchas veces solamente lo conocen quienes estuvieron cerca.
No conocemos la película completa
Una de las reflexiones centrales de Marlene es precisamente esta: las personas que observan una situación desde fuera no conocen toda la historia.
No saben qué ocurrió dentro de una familia.
No conocen todas las conversaciones.
No saben cuántas noches pasó una madre sin dormir.
No saben cuántas veces se buscó ayuda.
No saben cuántos tratamientos se intentaron.
No saben cuántas recaídas existieron.
No conocen todas las veces que alguien intentó rescatar a la persona que amaba.
Por eso, los comentarios basados en prejuicios pueden provocar un daño adicional.
Una familia que acaba de perder a alguien no necesita convertirse en objeto de investigación social.
Necesita humanidad.
El peligro de juzgar desde la religión o desde los prejuicios
Marlene también habla sobre las personas que utilizan sus creencias religiosas para juzgar a quienes mueren por suicidio.
Su experiencia la llevó a cuestionar este tipo de señalamientos.
No se trata de cuestionar la fe de una persona.
Se trata de reconocer que una creencia personal no debería convertirse en una herramienta para humillar o lastimar a alguien que está sufriendo.
Cuando una persona utiliza su posición de influencia para señalar a una familia en duelo, sus palabras pueden tener consecuencias importantes.
Por eso, Marlene recomienda tener cuidado con quienes hablan desde una posición de autoridad sin conocer realmente el problema.
Ella misma decidió acercarse a profesionales, familias que habían vivido experiencias similares y personas que podían ofrecerle herramientas.
Incluso estudió sobre adicciones para comprender mejor aquello que estaba viviendo.
Su objetivo era encontrar ayuda, no recibir más juicios.
El duelo por suicidio también está rodeado de culpa
Después de una pérdida de esta naturaleza, es común que aparezcan preguntas relacionadas con aquello que pudo haberse hecho diferente.
¿Debí hacer más?
¿Debí insistir?
¿Debí estar ahí?
¿Debí haber visto alguna señal?
¿Pude haberlo evitado?
La culpa puede convertirse en una carga muy pesada para una madre.
Marlene reconoce que ella también tuvo que enfrentarse a estas preguntas.
Pero con el tiempo llegó a una conclusión personal: hizo lo que pudo con las herramientas que tenía en ese momento.
Buscó ayuda.
Acompañó a su hija.
Intentó diferentes tratamientos.
Estuvo presente durante años.
Y si pudiera regresar al pasado, afirma que volvería a hacerlo.
Esta reflexión no elimina el dolor.
Pero permite comenzar a mirar la historia completa y no únicamente el último capítulo.
Mirar los 25 años de vida y no solamente el último momento
Una de las transformaciones más importantes en el proceso de Marlene fue aprender a mirar la vida completa de su hija.
No solamente el día de su muerte.
Su hija tuvo 25 años de vida.
Tuvo amistades.
Tuvo relaciones.
Tuvo sueños.
Ayudó a animales.
Disfrutó de la naturaleza.
Tuvo momentos de lucidez y momentos difíciles.
Tuvo una madre que estuvo con ella durante una década intentando ayudarla.
Todas esas experiencias forman parte de su historia.
Cuando una persona muere por suicidio, puede existir el riesgo de que la muerte termine ocupando todo el espacio de la memoria.
Pero la vida de esa persona fue mucho más amplia.
Recordar también puede significar recuperar las historias, las cualidades y los momentos que existieron antes de la pérdida.
Aprender a pedir ayuda después de una pérdida
Marlene se describe como una mujer independiente y autosuficiente.
Durante mucho tiempo pensó que podía resolver las situaciones por sí misma.
Después de la muerte de su hija decidió pedir ayuda.
Acudió con psicólogos, psiquiatras, tanatólogos y diferentes personas que pudieran aportarle herramientas.
También buscó espacios espirituales y diferentes caminos para encontrar aquello que le ayudara a reconstruirse.
No todo le funcionó de la misma manera.
Pero aprendió a identificar qué necesitaba.
Este proceso refleja una idea fundamental para cualquier persona que atraviesa un duelo: pedir ayuda no significa fracasar.
A veces significa reconocer que el dolor es demasiado grande para enfrentarlo en soledad.
De preguntarse “¿por qué?” a preguntarse “¿para qué?”
Con el paso del tiempo, Marlene comenzó a modificar la manera en que se relacionaba con su experiencia.
Dejó de preguntarse constantemente:
¿Por qué me pasó esto?
¿Por qué a mí?
Y comenzó a preguntarse:
¿Para qué?
Esta pregunta no busca justificar la pérdida.
Tampoco significa que exista una razón que explique por qué murió su hija.
Se trata de una forma personal de reconstruir el sentido de su vida después de una experiencia que cambió completamente su realidad.
Marlene decidió que quería seguir viviendo.
Tenía amigas, amigos, proyectos, deudas, viajes pendientes y motivos para continuar.
También conservó consigo una parte de la historia de su hija.
Seguir viviendo no significa olvidar
Después de perder a una hija, continuar viviendo puede sentirse complicado.
Pero seguir adelante no significa dejar atrás a quien murió.
Marlene cuenta que su hija le dejó una mascota que ahora forma parte de su vida cotidiana.
También habla de los viajes que quedaron pendientes.
Uno de ellos era conocer Mérida juntas.
Ahora planea hacerlo de otra manera, acompañada por la perrita que perteneció a su hija.
Es una forma de transformar aquello que quedó pendiente.
La vida continúa, pero la memoria también permanece.
Recordar no significa permanecer detenido.
Se puede amar a alguien que murió y, al mismo tiempo, volver a encontrar momentos de alegría.
Se puede extrañar profundamente y también volver a viajar, conversar, reír y construir nuevos proyectos.
Después de años de cuidar a otros, también toca cuidarse
Marlene dedicó buena parte de su vida a cuidar a otras personas.
Cuidó a su madre.
A su abuela.
A su hija.
Y después de todas esas experiencias tuvo que aprender algo diferente: cuidarse a sí misma.
Durante el episodio comparte además que posteriormente enfrentó un diagnóstico de cáncer de pulmón y recibió tratamiento médico.
Ella relaciona personalmente esta experiencia con la tristeza que ha vivido, aunque esa interpretación corresponde a su propia explicación y no constituye una conclusión médica.
Lo que sí queda claro en su relato es que aquella enfermedad representó otro momento difícil e inesperado.
Actualmente habla de encontrarse en remisión y bajo supervisión médica.
Después de años de poner a los demás primero, reconoce que ahora también le corresponde cuidar su propia salud.
Una madre no tiene que ser una guerrera
A Marlene le han dicho que es una guerrera y que ha enfrentado grandes batallas.
Pero ella no se identifica necesariamente con esas palabras.
No considera que haya vivido estas situaciones porque sea una mala persona ni que las pérdidas sean un castigo.
Su perspectiva actual es diferente.
La vida también está compuesta por momentos dolorosos, pérdidas, enfermedades, errores, aprendizajes y circunstancias que no podemos controlar.
No todo tiene una explicación inmediata.
Y no todas las tragedias son consecuencia de que alguien haya sido un mal padre o una mala madre.
Una madre puede amar profundamente a su hija y, aun así, no tener todas las herramientas necesarias para resolver una situación de salud mental o adicción.
Reconocer los propios límites también forma parte del proceso de duelo.
¿Qué necesita una madre después de perder a su hija por suicidio?
Quizá la pregunta más importante que deja esta historia es muy sencilla:
¿Qué podemos hacer cuando alguien pierde a un hijo por suicidio?
La respuesta no siempre requiere grandes discursos.
A veces basta con acompañar.
Escuchar.
No juzgar.
No hacer preguntas morbosas.
No buscar culpables.
No imponer explicaciones religiosas.
No decirle a la persona cómo debería sentirse.
No comparar su pérdida con otra.
Y, sobre todo, no desaparecer.
El duelo puede ser un camino largo y cambiante. Una persona puede necesitar compañía incluso meses o años después de la pérdida.
Acompañar significa estar dispuesto a escuchar también cuando ya pasó el funeral, cuando los demás regresaron a su rutina y cuando la persona en duelo todavía está intentando entender cómo continuar.
Una lección de humanidad frente al suicidio y el duelo
La historia de Marlene no ofrece una fórmula para superar una pérdida.
Ofrece algo diferente: una mirada humana.
Nos recuerda que detrás de una muerte existe una historia.
Que detrás de una madre puede existir una década completa de intentos por ayudar.
Que detrás de una familia puede haber cansancio, miedo, amor, errores, esperanza y muchas decisiones difíciles.
Y que ninguna persona que observa desde fuera conoce completamente esa realidad.
Por eso, antes de hablar, vale la pena detenernos.
Antes de juzgar, vale la pena escuchar.
Antes de señalar, vale la pena preguntarnos si nuestra intervención realmente ayudará.
Cuando una familia atraviesa un duelo por suicidio, lo último que necesita es cargar además con el peso de los prejuicios.
Necesita espacios seguros para hablar.
Necesita acompañamiento.
Necesita empatía.
Y necesita tiempo.
El poder de no cerrar la puerta
El mensaje final de este episodio es una invitación a mirar de otra manera a quienes atraviesan una pérdida.
No siempre podremos solucionar su dolor.
No siempre sabremos qué decir.
Pero podemos evitar aumentarlo.
Podemos sentarnos junto a alguien.
Podemos escuchar.
Podemos ofrecer ayuda profesional cuando sea necesaria.
Podemos evitar comentarios que lastimen.
Podemos dejar de buscar explicaciones rápidas para historias que no conocemos.
Y podemos mantener abierta una puerta.
Porque quizá, para alguien que atraviesa el momento más oscuro de su vida, saber que existe una persona dispuesta a escuchar puede marcar una diferencia.
La historia de Marlene también muestra que pedir ayuda puede ser parte de continuar.
No porque el dolor desaparezca.
No porque se olvide a quien murió.
Sino porque la vida de quien permanece también merece ser reconstruida.
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