Duelo por la pérdida de un hermano: aprender a vivir sin los “hubiera” 32.0

Karen Bejar & Marlen Loman ·

Entrevista de la Tanatóloga Karen Bejar a Marlen Loman

Dicen que después de vencer el cáncer la vida debería dar una segunda oportunidad. Que después del miedo, del tratamiento y de la incertidumbre finalmente llega la calma.

Pero la vida no siempre respeta esas reglas.

Marlene perdió a su único hermano, Benjamín, después de que él había logrado superar un primer diagnóstico de cáncer. Durante diez años estuvo libre de la enfermedad, volvió a vivir, a trabajar, a formar una familia y a hacer planes.

Hasta que el cáncer regresó.

Esta vez fue diferente. Un linfoma terminó con su vida cuando apenas tenía 36 años.

Para Marlene, la pérdida significó mucho más que despedirse de un hermano. Benjamín había sido su compañero desde la infancia, su confidente, la persona con quien podía hablar durante horas y alguien que siempre estuvo presente en diferentes etapas de su vida.

Pero también dejó algo más: una última conversación.

Una llamada en la que le pidió que disfrutara la vida, que hiciera aquello que quisiera hacer y que no se quedara con ganas de nada.

A partir de esa experiencia, Marlene aprendió una de las lecciones más importantes de su duelo: el tiempo no está garantizado y los “algún día” pueden convertirse en “ya no se puede”.

La pérdida de un hermano también significa perder una parte de tu historia

Un hermano no es solamente un integrante de la familia.

Es alguien que comparte contigo una parte de tu historia que pocas personas conocen.

Marlene y Benjamín tenían cinco años de diferencia, pero desde pequeños construyeron una relación muy cercana.

Jugaban juntos, se acompañaban, compartían bromas y crecieron formando una complicidad que continuó durante la vida adulta.

Benjamín también fue su confidente.

Había momentos en los que podían hablar durante horas. Incluso cuando vivían separados, mantenían una comunicación constante.

Marlene recuerda conversaciones telefónicas que podían prolongarse tanto que tenía que conectar su teléfono para continuar hablando.

Esa cotidianidad es una de las cosas que más puede doler cuando muere un hermano.

Ya no está esa persona a quien puedes llamar para contarle una noticia.

Ya no existe esa conversación espontánea.

Ya no puedes compartirle algo que acaba de ocurrirte.

Y es precisamente esa ausencia cotidiana la que puede hacer que el duelo se sienta tan profundo.

Cuando el cáncer parece haber quedado atrás

Benjamín fue diagnosticado con seminoma, un tipo de cáncer testicular, cuando tenía 26 años.

Como médico, conocía la enfermedad y sabía que tendría que enfrentarse a un proceso complicado.

Recibió tratamiento y logró superar aquella primera etapa.

Pasaron diez años sin que la enfermedad regresara.

Marlene recuerda un momento particularmente especial: Benjamín regresó a casa después de recibir la noticia de que había terminado su seguimiento oncológico intensivo.

Estaba tan feliz que entró con los zapatos puestos y dejó huellas de talco sobre el piso.

La familia celebró.

No hubo una gran ceremonia.

Prepararon agua de limón y festejaron que el cáncer parecía haber quedado atrás.

Durante diez años, Benjamín volvió a vivir con normalidad.

Trabajó, hizo planes, formó una familia y continuó con sus proyectos.

Parecía que aquella etapa había terminado.

Pero el cáncer regresó.

Cuando una enfermedad vuelve sin avisar

Diez años después de aquel primer diagnóstico, Benjamín comenzó a deteriorarse.

Perdía peso rápidamente.

Su familia intentaba encontrar una explicación.

Le realizaron estudios y buscaron diferentes causas, pero al principio no sabían que nuevamente se trataba de cáncer.

Marlene recuerda verlo cada vez más delgado.

El hombre grande y fuerte que ella conocía comenzó a desaparecer físicamente ante sus ojos.

Lo veía y se preguntaba qué estaba pasando.

¿Por qué se estaba acabando?

La respuesta llegó demasiado tarde.

El diagnóstico fue un linfoma no Hodgkin.

La enfermedad avanzó rápidamente.

Benjamín murió mientras se encontraba trabajando en un hospital de Pachuca, donde realizaba su residencia médica.

La noticia llegó de manera abrupta.

No hubo tiempo para prepararse.

No hubo una despedida como Marlene hubiera querido.

El dolor de ver deteriorarse a quien siempre fue fuerte

Una de las partes más difíciles del duelo de Marlene fue observar la transformación física de su hermano.

Ella lo recordaba como un hombre grande, fuerte y musculoso.

Pero la enfermedad lo fue consumiendo.

Cada vez estaba más delgado y cansado.

A pesar de ello, Benjamín intentaba tranquilizar a su familia.

Cuando Marlene hablaba con él, le decía que estaba cansado, pero que iba a estar bien.

Ella siente que, como médico, probablemente comprendía mejor que nadie lo que estaba ocurriendo dentro de su cuerpo.

Pero aun así trataba de transmitirles tranquilidad.

“Voy a estar bien”.

Esa frase se convirtió en una especie de protección para quienes lo rodeaban.

Tal vez también era una forma de protegerse a sí mismo.

La última vez que Marlene abrazó a su hermano

Marlene recuerda que la última vez que vio a Benjamín fue en julio.

Habían ido a la granja del tío Pepe con sus hijos.

Para ese momento, el deterioro de Benjamín era evidente.

Cuando lo abrazó, Marlene tuvo una sensación muy fuerte.

Sintió que aquella podía ser la última vez.

No necesitó que alguien se lo explicara.

Simplemente lo supo.

Lo abrazó y le dijo que lo quería.

Él respondió:

“Nos vemos, hermana”.

Después cada uno subió a su automóvil.

Fue la última vez que lo vio.

Con el tiempo, aquella imagen se convirtió en una de las más importantes de su proceso de duelo.

No recuerda a su hermano conectado a un aparato médico.

No recuerda únicamente su enfermedad.

Lo recuerda abrazándolo.

Lo recuerda en la granja.

Lo recuerda junto a su hijo.

Lo recuerda en momentos de vida.

Y esa memoria le permitió conservar una imagen amorosa de él.

La llamada que cambió para siempre el significado de vivir

Después de aquel encuentro hubo una llamada que Marlene nunca olvidará.

Ella estaba trabajando cuando recibió la llamada de su hermano.

Hablaron de su trabajo, de lo que estaba aprendiendo y de sus proyectos.

Pero en determinado momento Benjamín cambió el tono de la conversación.

Le dijo que iba a morir.

Marlene inicialmente pensó que estaba diciendo una tontería.

Pero él insistió.

Le pidió que lo escuchara.

Y entonces le dijo algo que se convertiría en uno de los mayores aprendizajes de su vida:

Que disfrutara.

Que siguiera aprendiendo.

Que hiciera aquello que quería hacer.

Que no dejara cosas pendientes.

Incluso hablaron de un tatuaje que querían hacerse juntos.

Benjamín quería hacerse uno, pero bromeaba sobre lo delgado que estaban sus brazos debido a la enfermedad.

Ese tatuaje quedó pendiente.

Pero Marlene decidió hacerlo después.

Se convirtió en un ritual para mantener vivo el vínculo con su hermano.

Los rituales también forman parte del duelo

Después de una pérdida, los rituales pueden ayudar a mantener un vínculo simbólico con la persona que murió.

En el caso de Marlene, el tatuaje se convirtió en una manera de llevar consigo algo que compartía con Benjamín.

Pero la familia también construyó otro ritual.

Cada 2 de noviembre preparan comida para él.

No importa qué día de la semana sea.

La familia mantiene esa tradición como una forma de recordar su presencia y celebrar su vida.

Los rituales no hacen desaparecer la ausencia.

Pero pueden ayudar a transformar la relación con ella.

La persona ya no está físicamente.

Sin embargo, puede permanecer en nuestras costumbres, en nuestras historias, en nuestras reuniones y en aquello que decidimos mantener vivo.

Cuando no alcanzas a despedirte

Una de las mayores dificultades de Marlene fue no haber llegado a tiempo para despedirse de su hermano.

Benjamín murió en Pachuca.

Ella se encontraba en camino cuando recibió la noticia de que ya había fallecido.

Durante aproximadamente un año se despertaba a la misma hora en que ocurrió todo.

Sentía que necesitaba llegar.

Hasta que durante terapia pudo reconocer algo importante:

Ya no tenía que llegar.

Su hermano ya no estaba ahí.

Aceptar esa realidad fue doloroso.

Pero también fue parte de su proceso.

En ocasiones, el duelo puede mantenernos mentalmente en el momento de la muerte.

Volvemos a la escena.

Pensamos en lo que hubiera pasado.

Imaginamos lo que pudimos haber dicho.

Nos preguntamos qué habría ocurrido si hubiéramos llegado unos minutos antes.

Pero no siempre tenemos control sobre la forma en que ocurre una despedida.

No haber estado en sus últimos momentos también tuvo otro significado

Con el tiempo, Marlene comenzó a interpretar su ausencia de una manera diferente.

Supo que a Benjamín tuvieron que intubarlo y recibir atención médica intensiva.

Como enfermera, sabía cómo podía verse una persona en esas condiciones.

Y comprendió que quizá no haber llegado le evitó una imagen que podría haber sido todavía más dolorosa.

Ella se quedó con la última imagen que tenía de él:

Su hermano abrazándola.

Con su familia.

En la granja.

Compartiendo momentos cotidianos.

Para ella, esa imagen fue más amable y más cercana a quien él había sido durante toda su vida.

Esto no significa que no hubiera querido despedirse.

Significa que encontró una manera diferente de reconciliarse con el hecho de no haber estado presente.

Honrar la vida y no solamente llorar la muerte

Una de las reflexiones centrales de este episodio es que cuando alguien muere podemos concentrarnos tanto en su partida que olvidamos mirar todo lo que esa persona vivió.

Marlene decidió honrar a su hermano haciendo algo que él disfrutaba:

Verla compartir sus conocimientos y dar conferencias.

Benjamín disfrutaba verla realizar esa actividad.

Por eso, continuar con aquello que le apasiona también se convirtió en una forma de mantener presente su memoria.

Honrar a alguien no necesariamente significa permanecer triste.

También puede significar vivir de una manera que represente aquello que esa persona nos enseñó.

Puede ser continuar un proyecto.

Mantener una tradición.

Hacer algo que ambos soñaron.

O simplemente vivir con mayor conciencia.

Lo que la muerte de un hermano puede enseñarnos sobre la vida

Después de la muerte de Benjamín, Marlene cambió su percepción de la vida y de la muerte.

Comprendió que nada nos pertenece para siempre.

Las personas que amamos están presentes en nuestra vida durante un tiempo determinado.

Y aunque eso puede resultar doloroso, también puede ayudarnos a valorar más profundamente el presente.

La muerte forma parte de la vida.

Hablar de ella no significa atraerla.

Tampoco significa vivir con miedo.

Puede significar reconocer que nuestro tiempo es limitado y preguntarnos qué queremos hacer con él.

¿Qué estamos postergando?

¿Qué conversación necesitamos tener?

¿Qué abrazo estamos dejando para después?

¿Qué viaje queremos hacer?

¿Qué proyecto seguimos aplazando?

¿Qué persona queremos llamar?

La conciencia de la muerte puede convertirse, paradójicamente, en una invitación a vivir con mayor intensidad.

El peso de los “hubiera” después de una pérdida

Una de las emociones más difíciles después de perder a alguien es el arrepentimiento.

“Hubiera llamado”.

“Hubiera viajado”.

“Hubiera dicho que lo quería”.

“Hubiera hecho ese proyecto”.

“Hubiéramos terminado aquel tatuaje”.

“Algún día lo haríamos”.

Pero después de una pérdida, algunos de esos planes ya no pueden realizarse de la misma manera.

Ese es uno de los aprendizajes que Marlene recibió de su hermano.

No esperar.

No dejar todo para después.

No asumir que habrá tiempo suficiente.

Porque quizá ese viaje sí pueda hacerse mañana.

Pero también puede ocurrir que mañana ya no llegue.

Por eso, vivir el presente no significa actuar impulsivamente.

Significa dejar de postergar aquello que realmente tiene valor.

Dejar ir también puede ser un acto de amor

Otro aprendizaje importante de esta historia está relacionado con el acto de soltar.

Cuando sabemos que una persona que amamos está sufriendo y su vida se acerca al final, puede aparecer un profundo deseo de aferrarnos.

No queremos dejarla ir.

Queremos que permanezca.

Queremos más tiempo.

Queremos que exista otra oportunidad.

Pero Marlene compara ese apego con mantener la mano cerrada durante mucho tiempo.

Al abrirla, puede llegar una sensación de alivio.

Dejar ir no significa abandonar.

Significa reconocer que no podemos controlar aquello que está fuera de nuestras manos.

Y, en determinados momentos, permitir que alguien deje de sufrir puede convertirse en una expresión de amor.

Cuando alguien muere, pasa de estar a nuestro lado a estar dentro de nosotros

Una de las frases más significativas del episodio plantea que cuando una persona muere, deja de estar físicamente a nuestro lado, pero puede permanecer dentro de nosotros.

Permanece en nuestra memoria.

En nuestra manera de hablar.

En nuestras costumbres.

En los aprendizajes.

En las fotografías.

En los rituales.

En las historias familiares.

En las decisiones que tomamos.

Por eso, el vínculo no desaparece necesariamente con la muerte.

Cambia.

Ya no podemos llamar a esa persona.

Pero podemos hablar de ella.

Ya no podemos abrazarla.

Pero podemos recordar cómo se sentía aquel abrazo.

Ya no podemos hacer nuevos planes juntos.

Pero podemos cumplir alguno de los que quedaron pendientes y llevar su memoria con nosotros.

La resiliencia también significa encontrar luz en medio del dolor

La resiliencia no significa dejar de sentir.

Tampoco significa superar rápidamente una pérdida.

Para Marlene, significa aprender a mirar la historia completa.

Dar un paso atrás.

Respirar.

Reconocer el dolor.

Y buscar aquello que todavía puede darle sentido a la vida.

La pérdida de su hermano fue dolorosa.

Pero también le permitió comprender cuánto había significado tenerlo.

Le permitió agradecer los años compartidos.

Las conversaciones.

Las bromas.

La complicidad.

La infancia.

Los planes.

La última llamada.

El último abrazo.

Y todo aquello que construyeron juntos.

La resiliencia puede comenzar cuando dejamos de preguntarnos únicamente por qué ocurrió algo y empezamos a preguntarnos cómo queremos vivir después de que ocurrió.

¿Qué hacer cuando sabes que alguien que amas puede morir?

No existe una preparación perfecta para despedir a alguien.

Incluso cuando sabemos que una enfermedad es avanzada, la despedida puede resultar dolorosa.

Pero podemos aprovechar el tiempo disponible.

Podemos decir “te quiero”.

Podemos agradecer.

Podemos hablar.

Podemos perdonar.

Podemos abrazar.

Podemos escuchar.

Podemos preguntar qué necesita esa persona.

Podemos permitirnos estar presentes sin intentar solucionar aquello que no podemos solucionar.

Y también podemos permitirnos decir adiós.

A veces creemos que despedirnos significa aceptar demasiado pronto la muerte.

Pero despedirse también puede ser una forma de acompañar.

De reconocer el amor.

De cerrar pendientes.

De decir aquello que queremos que la otra persona se lleve consigo.

“Déjalo ir, todo va a estar bien”

Cuando le preguntan a Marlene qué se diría a sí misma si tuviera nuevamente frente a ella una situación en la que sabe que va a perder a alguien, responde con una frase sencilla:

“Déjalo ir, todo va a estar bien”.

No significa que todo vaya a ser fácil.

Tampoco significa que la pérdida no duela.

Significa confiar en que las emociones difíciles también pasan.

Las circunstancias cambian.

La vida continúa.

Y nosotros podemos aprender a vivir con aquello que no podemos cambiar.

Marlene resume esta perspectiva diciendo que tanto lo bueno como lo malo pasan.

Por eso, cuando las cosas están bien, hay que vivirlas.

Reír.

Abrazar.

Amar.

Bailar.

Disfrutar.

Mojarse bajo la lluvia.

Hacer aquello que nos hace sentir vivos.

Porque los momentos difíciles no necesitan invitación.

Llegan por sí solos.

Vivir hoy para no quedarse con los pendientes

La historia de Benjamín deja una enseñanza que va mucho más allá de la pérdida de un hermano.

Nos recuerda que constantemente estamos diciendo:

“Después”.

“Más adelante”.

“Algún día”.

“Cuando tenga tiempo”.

“Cuando termine de trabajar”.

“Cuando tenga dinero”.

“Cuando las cosas estén más tranquilas”.

Pero la vida no garantiza ese momento futuro.

Por eso, si existe alguien a quien quieres llamar, hazlo.

Si tienes algo que decir, dilo.

Si necesitas pedir perdón, busca la manera.

Si quieres abrazar a alguien, abrázalo.

Si tienes un proyecto pendiente, comienza.

Si quieres viajar, empieza a planear.

No se trata de vivir con miedo a que cada momento sea el último.

Se trata de dejar de vivir como si tuviéramos tiempo infinito.

Cómo honrar la memoria de un hermano después de su muerte

Honrar a un hermano puede adoptar muchas formas.

Para Marlene fue hacerse el tatuaje que habían planeado.

También es mantener una tradición familiar cada 2 de noviembre.

Es hablar de él.

Recordar sus historias.

Compartir fotografías.

Continuar con aquello que él disfrutaba verla hacer.

Pero también es algo mucho más profundo:

Vivir.

Cada vez que Marlene disfruta una experiencia, continúa aprendiendo, abraza a su familia o comparte aquello que le apasiona, lleva consigo una parte de la historia de Benjamín.

La memoria no necesita quedarse únicamente en el pasado.

También puede acompañar el presente.

Nuestros servicios

En Columbario Ciprés sabemos que cada familia encuentra su propia manera de mantener presente a quienes ya no están.

Contar con un espacio digno para conservar las cenizas puede convertirse en parte de ese proceso de memoria, homenaje y despedida.

Conoce nuestras opciones de nichos para cenizas, criptas para cenizas y nichos para urnas. También puedes consultar nuestra información sobre funerarias en Cuernavaca para conocer alternativas relacionadas con los servicios funerarios.

El recuerdo de una persona puede permanecer de muchas maneras. Elegir un espacio para sus cenizas también puede formar parte de la forma en que una familia decide honrar su historia.

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