Duelo por la pérdida de una hermana: cuando también pierdes tu lugar seguro 30.0

Karen Bejar & Marisela Nava ·

Entrevista de la Tanatóloga Karen Bejar a Marisela Nava

¿Alguna vez sentiste que nadie entendía por qué te dolía tanto la pérdida de tu hermana? Para algunas personas, una hermana no es solamente un familiar. Puede ser una amiga, una confidente, una compañera de vida, una figura materna y ese lugar seguro al que siempre puedes regresar.

Por eso, cuando una hermana muere, la pérdida puede sentirse como mucho más que la ausencia de una persona. También puede significar despedirse de una parte de la infancia, de las conversaciones cotidianas, de los recuerdos compartidos y de esa complicidad que se construyó durante años.

La historia de Maricela habla precisamente de ese vínculo. Ella perdió a una hermana que había sido una presencia fundamental durante toda su vida y que, además, tuvo un papel muy importante en su crianza. Pero hay algo que hace todavía más significativa su historia: Maricela acompaña a otras personas en procesos de duelo y, aun así, cuando le tocó vivir su propia pérdida, también tuvo que permitirse llorar, sentirse vulnerable y ser acompañada.

Porque quienes ayudan a otros también necesitan ser escuchados.

Cuando una hermana también es madre, amiga y refugio

No todas las relaciones entre hermanos son iguales. Algunas personas crecen compartiendo experiencias, otras mantienen vínculos más distantes y, en algunos casos, una hermana puede convertirse en una de las figuras más importantes durante la infancia.

En el caso de Maricela, su hermana estuvo presente desde sus primeros recuerdos. Su madre era una mujer que trabajaba y, por esa razón, su hermana asumió parte importante de su cuidado.

Esto hizo que el vínculo entre ellas fuera mucho más profundo.

Su hermana era su amiga, su compañera y su confidente. Era la persona con quien podía hablar prácticamente de todo y a quien recurría cuando necesitaba apoyo.

Por eso, la pérdida no significó simplemente despedirse de una hermana. Para Maricela significó perder lo que ella describe como su lugar seguro.

Incluso después de la muerte de su madre, su hermana había ayudado a amortiguar ese dolor porque podían hablar juntas de ella, compartir recuerdos y acompañarse mutuamente.

Cuando su hermana partió, esa compañía desapareció.

Y es precisamente aquí donde resulta importante entender que el duelo no puede medirse únicamente por el parentesco. El dolor está relacionado con el vínculo, con la historia compartida y con el lugar que esa persona ocupaba en nuestra vida.

¿Por qué se minimiza el duelo por la pérdida de una hermana?

Una de las dificultades que enfrentan algunas personas después de perder a un hermano o hermana es sentir que los demás no comprenden la magnitud de su dolor.

Frases como “era solamente tu hermana” pueden resultar especialmente dolorosas cuando esa persona representaba mucho más.

Una hermana puede ser la persona con la que creciste, aquella que conocía tu historia desde el principio, quien estuvo presente en momentos importantes y quien se convirtió en tu compañera durante distintas etapas de la vida.

En el caso de Maricela, su hermana también fue quien la impulsó a estudiar y a aprovechar las oportunidades. La animaba a aprender, a tomar cursos y a no quedarse con las ganas de hacer aquello que quería.

Ese vínculo estaba construido sobre el acompañamiento y el impulso mutuo.

Por eso, cuando alguien minimiza esa pérdida, también puede hacer que la persona en duelo cuestione sus propias emociones.

Pero el dolor no necesita una autorización externa.

Si una persona fue importante para ti, su ausencia puede doler profundamente. Y no existe una medida universal para determinar cuánto tiempo debería durar ese dolor o qué tan intensa debería ser la reacción.

Validar el dolor también es parte de sanar

Uno de los aprendizajes más importantes de Maricela ha sido precisamente aprender a validar aquello que siente.

Ella acompaña a personas en duelo y ha visto cómo muchas mujeres sienten que deben ser fuertes porque tienen hijos, responsabilidades familiares o personas que dependen de ellas.

En ocasiones, la persona que está sufriendo piensa que no tiene permiso para detenerse.

Tiene que continuar.

Tiene que ayudar.

Tiene que cuidar.

Tiene que ser fuerte.

Pero detrás de esa necesidad de continuar puede quedar una emoción que nunca tuvo oportunidad de expresarse.

Validar el dolor significa reconocer lo que está sucediendo internamente sin juzgarlo.

Puede haber tristeza, angustia, enojo, cansancio o simplemente días en los que no existen ganas de levantarse de la cama. Reconocer esas emociones no significa quedarse atrapado en ellas. Significa permitir que existan para poder comenzar a procesarlas.

Maricela aprendió a hacer esto consigo misma.

Antes de acompañar a otras personas, necesitó comprender qué estaba pasando dentro de ella.

Cuando quien acompaña a otros también necesita ser acompañado

Existe una idea equivocada de que quienes trabajan acompañando procesos emocionales deberían saber exactamente cómo manejar sus propias pérdidas.

Pero conocer herramientas de acompañamiento no significa dejar de ser humano.

Cuando Maricela perdió a su hermana, algunas personas cercanas llegaron a decirle que no debía llorar porque ella se dedicaba precisamente a acompañar a personas en duelo.

Su respuesta fue clara: si acompañar a alguien significa permitirle llorar y vivir sus emociones, ella también tenía derecho a hacerlo.

La pérdida no desaparece porque una persona tenga conocimientos sobre el duelo.

Tampoco desaparece porque alguien haya acompañado anteriormente a otras personas.

En ocasiones, quienes ayudan a los demás necesitan precisamente recordar que también pueden sentarse, respirar, llorar y decir: “esto me duele”.

La vulnerabilidad no contradice la capacidad de acompañar.

Al contrario, reconocerla puede permitir una comprensión más humana del dolor.

El dolor de ver a una hermana enfermar y deteriorarse

El duelo de Maricela no comenzó únicamente cuando su hermana murió.

También estuvo presente durante el tiempo en que pudo observar cómo su salud se deterioraba.

Su hermana había quedado delicada después de padecer COVID y tenía problemas respiratorios. Con el avance de su enfermedad necesitó utilizar oxígeno durante gran parte del día.

Para Maricela, verla pasar de una persona activa a alguien cada vez más limitado fue profundamente doloroso.

La describe como una flor que se iba marchitando poco a poco.

También recuerda cómo su hermana comenzó a sentirse cansada de los procesos médicos. Cada visita podía significar encontrar una nueva dificultad o recibir información sobre otra alteración en su salud.

Y en medio de todo eso estaba el deseo de acompañarla.

No siempre había palabras que decir.

En ocasiones, bastaba con estar.

Acompañar hasta el final: aprender a estar presentes

Uno de los mensajes más importantes de esta historia es que acompañar no siempre significa encontrar las palabras perfectas.

A veces significa simplemente estar.

Maricela recuerda llamadas telefónicas en las que ella y su hermana podían permanecer escuchando la respiración de la otra. No necesitaban hablar demasiado. La presencia era suficiente.

Esa forma de acompañar puede parecer sencilla, pero adquiere un significado enorme cuando una persona atraviesa una enfermedad y se encuentra en una etapa vulnerable.

Abrazar, escuchar, permanecer cerca o decir palabras afectuosas puede convertirse en una manera de transmitirle al otro que no está solo.

Y también puede convertirse en un recuerdo valioso para quien se queda.

Porque cuando llega la despedida, muchas veces lo que permanece son precisamente esos momentos de presencia.

La frase “échale ganas” y otras formas de invalidar el duelo

Durante un proceso de enfermedad o duelo, una de las frases que más pueden lastimar es “échale ganas”.

Aunque normalmente se dice con intención de ayudar, puede transmitir un mensaje equivocado: que la persona no está haciendo suficiente esfuerzo.

Pero alguien que está enfermo puede estar haciendo todo lo humanamente posible para afrontar su situación.

Y una persona en duelo puede estar utilizando todas sus fuerzas simplemente para levantarse y continuar con su día.

Por eso, en lugar de exigir fortaleza, puede ser mucho más valioso escuchar.

En lugar de decir “ya no llores”, podemos permitir que alguien llore.

En lugar de decir “tienes que ser fuerte”, podemos decir “estoy aquí contigo”.

En lugar de minimizar lo que ocurre, podemos preguntar qué necesita esa persona.

La empatía comienza cuando dejamos de intentar corregir las emociones de los demás.

Cuando el duelo cambia tu proyecto de vida

Para Maricela, cuidar y acompañar a su hermana ocupó una parte importante de su tiempo.

El acompañamiento se convirtió en una rutina: trabajar, acudir con ella, conversar, compartir un café y después continuar hablando por teléfono.

Cuando su hermana murió, apareció una pregunta difícil:

¿Qué hago ahora con todo este tiempo?

Cuando una persona se convierte en cuidadora o dedica gran parte de su vida a acompañar a alguien, esa responsabilidad puede convertirse en un proyecto de vida.

Por eso, cuando llega la pérdida, no solamente desaparece la persona.

También desaparecen rutinas, responsabilidades, llamadas, visitas y planes.

El tiempo que antes estaba destinado a esa persona queda nuevamente disponible, pero aprender a utilizarlo puede ser complicado.

El duelo también implica reconstruir la manera en que vamos a vivir ese tiempo.

Poco a poco, se trata de volver a contactar con nosotros mismos, reconocer lo que sentimos, honrar la pérdida y comenzar a construir un nuevo proyecto de vida.

El “hubiera”, la culpa y las relaciones que dejamos pendientes

Uno de los grandes enemigos del duelo puede ser el “hubiera”.

Hubiera llamado.

Hubiera ido.

Hubiera dicho esto.

Hubiera buscado a esa persona.

Hubiera hecho las cosas de otra manera.

Cuando una relación queda marcada por conflictos, distancia o asuntos pendientes, la muerte puede hacer que esas preguntas se vuelvan todavía más dolorosas.

Por eso, Maricela deja una reflexión importante para las personas que tienen hermanos con quienes están distanciados.

Las relaciones siempre requieren de dos personas, pero cada uno puede decidir qué quiere aportar.

Buscar.

Hablar.

Ayudar.

Perdonar.

Acercarse.

No podemos controlar lo que hará la otra persona, pero sí podemos decidir qué queremos hacer nosotros.

Porque cuando alguien falta, ya no podemos modificar lo que ocurrió.

Lo único que queda es aquello que dimos y la manera en que construimos nuestra relación mientras tuvimos la oportunidad.

Perdonar y sanar antes de que sea demasiado tarde

Pensar en la muerte no significa vivir con miedo.

También puede ayudarnos a reconocer que el tiempo es limitado.

La reflexión que surge de esta historia es sencilla: no se trata solamente de pensar en cuándo vamos a morir, sino en cómo queremos vivir.

¿Qué relaciones queremos cuidar?

¿Qué rencores seguimos cargando?

¿Qué palabras necesitamos decir?

¿Qué personas queremos tener cerca?

¿Qué perdones necesitamos trabajar?

El perdón, entendido como una decisión personal, puede convertirse en una forma de liberación para quien lo ofrece.

No siempre significa olvidar lo ocurrido.

Significa decidir qué queremos seguir cargando y qué queremos dejar atrás.

Y cuando se trata de las relaciones familiares, puede ser especialmente importante no esperar a que una despedida nos obligue a preguntarnos qué pudimos haber hecho diferente.

Cómo honrar la memoria de una hermana después de su partida

Honrar a alguien no significa dejar de vivir.

Para Maricela, honrar a su hermana significa continuar.

Su hermana siempre la impulsó a seguir adelante, a aprender, a crecer y a no quedarse estancada.

Por eso, continuar con el camino de acompañamiento que eligió también se convirtió en una manera de mantener vivo aquello que recibió de ella.

La memoria puede permanecer en las decisiones que tomamos, en las palabras que repetimos, en los aprendizajes que compartimos y en la forma en que tratamos a otras personas.

También puede estar en los recuerdos cotidianos.

En una conversación.

En una canción.

En una costumbre.

En una frase.

En aquello que alguien nos enseñó y que decidimos llevar con nosotros.

La ausencia física no elimina la historia que se construyó.

El duelo también necesita ser escuchado y validado

El duelo por la pérdida de una hermana merece ser reconocido.

Especialmente cuando esa hermana fue una figura de protección, una compañera, una confidente o una persona fundamental durante la infancia.

No importa si alguien más considera que “deberías estar bien”.

No importa si tienes responsabilidades.

No importa si anteriormente has ayudado a otras personas a atravesar un duelo.

Tienes derecho a sentir.

Tienes derecho a llorar.

Tienes derecho a extrañar.

Y también tienes derecho a pedir ayuda.

La historia de Maricela recuerda que incluso quienes acompañan a los demás pueden romperse, llorar y necesitar que alguien los abrace.

Validar el dolor no lo hace más grande.

Lo hace humano.

Y cuando dejamos de luchar contra aquello que sentimos, podemos comenzar a comprenderlo y, poco a poco, transformarlo.

Una historia para quienes necesitan permiso para sentir

Quizá tú también perdiste a una hermana que era mucho más que una hermana.

Quizá era tu lugar seguro.

Quizá era la persona a quien llamabas cuando algo salía mal.

Quizá compartían secretos, recuerdos, preocupaciones y sueños.

O quizá llevas tiempo sintiendo que nadie comprende por qué su ausencia todavía te duele.

Esta historia puede recordarte algo importante: no necesitas justificar tu duelo.

El dolor tiene la medida del vínculo que existió.

Y si esa persona significaba una parte fundamental de tu vida, su ausencia también puede sentirse profundamente.

Permítete recordarla.

Hablar de ella.

Llorarla.

Honrarla.

Y, cuando llegue el momento, continuar.

No para olvidarla, sino llevando contigo todo aquello que dejó en tu vida.

Nuestros servicios

En Columbario Ciprés entendemos que después de la partida de un Ser Querido también surge la necesidad de encontrar un espacio digno para conservar su memoria.

Contamos con opciones de nichos para cenizas, diseñados para brindar un lugar permanente donde las familias puedan visitar y honrar a sus seres queridos.

También ponemos a disposición criptas para cenizas, así como nichos para urnas para quienes buscan un espacio de resguardo digno y seguro.

Si necesitas orientación sobre alternativas funerarias y el resguardo de las cenizas, también puedes conocer nuestros servicios como funeraria en Cuernavaca.

Nuestro objetivo es acompañar a las familias con respeto, sensibilidad y sin presiones, ofreciendo un espacio donde el recuerdo pueda permanecer y donde cada persona pueda vivir su proceso de duelo a su propio ritmo.

Porque si el deber fue cuidarlos, el privilegio es seguir honrándolos.

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