Extracto de la entrevista de la Tanatóloga Karen Bejar a Marisela Nava
Hay una idea que muchas veces conocemos, pero que no necesariamente tenemos presente en nuestra vida cotidiana: todos somos seres finitos.
Sabemos que algún día vamos a morir, pero vivimos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Posponemos llamadas.
Dejamos conversaciones para después.
Guardamos un “te quiero”.
Mantenemos rencores.
Esperamos que el otro dé el primer paso.
Pensamos que habrá otra oportunidad.
Hasta que una pérdida nos recuerda una verdad que puede resultar dolorosa: el tiempo no es infinito.
Sin embargo, tomar conciencia de nuestra finitud no debería llevarnos a vivir con miedo a la muerte. Al contrario, puede ayudarnos a preguntarnos algo mucho más importante:
¿Cómo quiero vivir el tiempo que tengo?
Todos somos seres finitos, aunque no nos guste pensarlo
Hablar de la muerte puede resultar incómodo.
Muchas personas prefieren evitar el tema porque asociarlo con nuestra propia vida puede generar miedo, tristeza o incertidumbre.
Pero reconocer que vamos a morir no significa vivir obsesionados con la muerte.
Significa aceptar una realidad humana.
Somos seres finitos. Nuestra vida tiene un principio y un final, aunque no sepamos cuándo llegará ese momento.
Y precisamente porque el tiempo es limitado, cada día adquiere un valor diferente.
La pregunta deja de ser solamente cuánto tiempo tenemos y comienza a ser qué hacemos con el tiempo que tenemos.
Transcripción
Pide perdón hoy… mañana puede ser demasiado tarde
“Es cuando te das cuenta qué tan tontos somos en esta parte del tiempo, porque creemos que tenemos todo el tiempo del mundo, y no es así. No es así. O sea, en un principio todos tenemos que tener consciente que somos seres finitos, que todos nos vamos a morir. Por terrible que se escuche, por horrible que se escuche, todos vamos a morir en algún momento. Pero lo importante no es pensar que vamos a morir. Tenemos que pensar cómo vamos a vivir. ¿Cómo queremos vivir? ¿Cuál es el camino que queremos transitar? ¿Cómo lo queremos transitar? En cada uno de nosotros está el decidir qué cargamos, qué rencores cargamos, qué amores sumamos a nuestra vida, qué perdones también. Porque el perdonar, como se los he dicho, el perdonar es un bálsamo para quien lo da. El perdón es para quien lo da, no para quien lo recibe. Entonces no tengan miedo de pedir perdón, de sanar, de aceptar cuando un hermano o el otro se equivoca. Porque de pronto, cuando viene un desenlace como este, es terrible.”
Tanatóloga: Karen Bejar
Invitada: Marisela Nava
Saber que vamos a morir no significa dejar de vivir
Cuando hablamos de finitud, puede parecer que estamos hablando exclusivamente de la muerte.
Pero el verdadero sentido puede ser otro.
La conciencia de que la vida tiene un límite puede ayudarnos a vivir con mayor intención.
Si sabemos que no tenemos tiempo ilimitado, quizá podemos dejar de aplazar constantemente aquello que es importante.
Decir lo que sentimos.
Cuidar una relación.
Pedir perdón.
Aceptar una disculpa.
Pasar tiempo con alguien.
Hacer algo que hemos postergado.
No porque debamos vivir con urgencia permanente, sino porque podemos aprender a distinguir entre aquello que realmente importa y aquello que estamos cargando innecesariamente.
¿Cómo queremos vivir?
Esta puede ser una de las preguntas más importantes que podemos hacernos.
No solamente:
“¿Qué quiero conseguir?”
Sino:
“¿Cómo quiero vivir mientras lo consigo?”
Porque podemos pasar años preocupados por llegar a algún lugar y olvidar mirar cómo estamos recorriendo el camino.
Podemos tener proyectos, responsabilidades y metas, pero también necesitamos preguntarnos qué lugar ocupan nuestros vínculos, nuestros afectos, nuestros momentos de descanso y nuestra tranquilidad.
La vida no solamente está compuesta por grandes acontecimientos.
También está hecha de conversaciones, cafés, llamadas, comidas familiares, abrazos y momentos aparentemente pequeños.
Muchas veces son precisamente esos momentos los que terminamos recordando cuando alguien muere.
¿Qué estás cargando que ya no quieres llevar?
El testimonio plantea una pregunta especialmente poderosa: ¿qué decidimos cargar durante nuestra vida?
Podemos cargar resentimientos.
Rencores.
Culpa.
Enojos antiguos.
Palabras que alguien dijo hace años.
Conflictos familiares que nunca volvimos a hablar.
Pero también podemos decidir qué queremos sumar.
Amor.
Amistad.
Generosidad.
Compasión.
Recuerdos.
Perdón.
Esto no significa que todo deba perdonarse inmediatamente ni que tengamos que reconciliarnos con cualquier persona independientemente de lo ocurrido.
Perdonar tampoco significa justificar el daño.
Significa, en muchos casos, trabajar para que aquello que nos lastimó no continúe ocupando todo nuestro espacio emocional.
El perdón también puede ser una forma de liberarnos
Existe una idea muy importante alrededor del perdón: perdonar no siempre es un regalo para quien nos hizo daño; también puede ser un proceso para nosotros mismos.
Cuando mantenemos un rencor durante años, seguimos emocionalmente vinculados con aquello que ocurrió.
El perdón puede permitirnos comenzar a soltar esa carga.
Pero perdonar no significa olvidar.
Tampoco significa negar lo sucedido.
Y mucho menos obliga a reconstruir una relación que no es saludable.
Podemos perdonar y mantener límites.
Podemos comprender y decidir tomar distancia.
Podemos dejar ir un resentimiento sin permitir nuevamente una situación que nos hizo daño.
Pedir perdón antes de que sea demasiado tarde
Así como podemos necesitar perdonar, también podemos necesitar pedir perdón.
Y esta parte puede resultar especialmente difícil.
A veces el orgullo nos detiene.
Pensamos:
“Que él me busque.”
“Que ella se disculpe primero.”
“Yo no fui quien empezó.”
“Después hablamos.”
Pero el tiempo pasa.
Y mientras pensamos que habrá una oportunidad más, podemos estar dejando pendiente una conversación que algún día quizá ya no podamos tener.
Pedir perdón no nos hace débiles.
Reconocer un error requiere responsabilidad.
Y hacerlo mientras la otra persona todavía está presente puede evitar que una conversación pendiente se convierta posteriormente en una fuente de arrepentimiento.
Sanar las relaciones mientras todavía podemos hacerlo
No todas las relaciones pueden repararse.
Hay situaciones en las que existen heridas profundas, límites necesarios o circunstancias que hacen imposible recuperar la cercanía.
Pero cuando existe una relación que nos importa y todavía hay disposición de ambas partes, podemos intentar cuidarla.
A veces sanar una relación no requiere una gran conversación.
Puede comenzar con un mensaje.
Una llamada.
Una visita.
Un “quiero hablar contigo”.
Un “sé que las cosas entre nosotros no han sido fáciles”.
Un “te quiero”.
Un “perdóname”.
Pequeños pasos pueden abrir conversaciones que llevaban mucho tiempo esperando.
La muerte nos recuerda lo que realmente importa
Cuando ocurre una pérdida, muchas preocupaciones cotidianas pueden cambiar de dimensión.
Aquello que parecía enorme puede dejar de tener tanta importancia.
Y aquello que habíamos dado por sentado puede convertirse en algo que extrañamos profundamente.
La voz.
Una llamada.
Una conversación.
Una visita.
Una persona que estaba ahí.
Por eso, pensar en la muerte puede convertirse también en una invitación a mirar nuestra vida desde otra perspectiva.
No para vivir con miedo.
Sino para vivir con mayor conciencia.
Vivir plenamente no significa tener una vida perfecta
Vivir plenamente no significa estar feliz todos los días.
Tampoco significa evitar los problemas, nunca enojarse o mantener relaciones perfectas.
La vida incluye pérdidas, conflictos, errores, enfermedades, cambios y momentos difíciles.
Vivir plenamente significa también permitirnos experimentar todo eso y decidir qué hacemos con nuestra experiencia.
Podemos equivocarnos y aprender.
Podemos herir y pedir perdón.
Podemos ser heridos y trabajar para sanar.
Podemos perder a alguien y aprender a vivir con su ausencia.
No se trata de construir una vida sin dolor.
Se trata de construir una vida que tenga sentido para nosotros.
¿Qué quieres llevar contigo y qué quieres dejar atrás?
La pregunta puede parecer sencilla, pero puede generar una reflexión profunda.
Si tuvieras que mirar tu vida y elegir qué quieres conservar, ¿qué sería?
Quizá las personas que amas.
Los recuerdos.
Las experiencias.
Los aprendizajes.
Los momentos compartidos.
Y si tuvieras que elegir qué quieres dejar atrás, quizá aparecerían algunos rencores, culpas o conflictos que llevas demasiado tiempo cargando.
No tenemos control absoluto sobre lo que ocurrirá en nuestra vida.
Pero sí podemos participar en las decisiones que tomamos hoy.
El duelo también puede enseñarnos a vivir de otra manera
Una pérdida puede cambiar nuestra percepción del tiempo.
Después de la muerte de alguien importante, podemos comenzar a comprender que aquellas cosas que creíamos garantizadas no necesariamente lo están.
Una llamada no está garantizada.
Una visita no está garantizada.
Un cumpleaños juntos no está garantizado.
Una conversación pendiente tampoco.
Esto puede ser doloroso, pero también puede convertirse en una oportunidad para mirar de manera diferente nuestras relaciones.
No podemos controlar cuándo llegará una pérdida.
Pero sí podemos preguntarnos qué estamos haciendo mientras las personas que amamos todavía están aquí.
Recomendaciones para vivir con mayor conciencia de nuestra finitud
Reconocer que somos seres finitos no significa vivir preocupados por la muerte. Puedes utilizar esta conciencia como una oportunidad para revisar tu manera de relacionarte con los demás y contigo mismo.
Pregúntate:
¿Hay alguien a quien quiero decirle que lo amo?
¿Existe una disculpa que necesito ofrecer?
¿Hay algún resentimiento que quiero comenzar a trabajar?
¿Qué personas quiero frecuentar más?
¿Qué momentos estoy posponiendo constantemente?
¿Estoy dedicando tiempo a aquello que realmente considero importante?
¿Qué quiero sumar a mi vida?
¿Qué quiero dejar de cargar?
No necesitas resolver todas estas preguntas inmediatamente.
A veces comenzar a hacerse estas preguntas ya representa un cambio.
Preguntas frecuentes sobre la finitud, el perdón y el duelo
¿Pensar en la muerte puede ayudarme a valorar más la vida?
Sí. Reconocer nuestra finitud puede ayudarnos a comprender que el tiempo es limitado y a prestar mayor atención a nuestras relaciones, decisiones y experiencias presentes.
¿Perdonar significa olvidar lo que ocurrió?
No. Perdonar no implica borrar la experiencia ni negar el daño. Puede significar trabajar para dejar de cargar emocionalmente con aquello que ocurrió.
¿Tengo que reconciliarme con alguien para poder perdonarlo?
No necesariamente. Perdonar y reconciliarse son procesos diferentes. Puedes trabajar en el perdón y, al mismo tiempo, mantener límites o distancia cuando sea necesario.
¿Por qué pedir perdón puede ser importante antes de una pérdida?
Porque las conversaciones pendientes pueden convertirse en una fuente de arrepentimiento cuando la persona ya no está. Pedir perdón cuando es posible permite asumir nuestra responsabilidad y cuidar una relación.
¿Cómo puedo empezar a vivir más plenamente?
Puedes comenzar identificando qué personas, experiencias y valores son realmente importantes para ti. Después, busca que tus decisiones cotidianas reflejen esas prioridades y no solamente las obligaciones o preocupaciones del día a día.
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La muerte nos recuerda que somos finitos, pero quizá la enseñanza más importante no sea vivir pensando en cuándo vamos a morir.
Es preguntarnos cómo queremos vivir mientras estamos aquí.
Qué relaciones queremos cuidar.
Qué amor queremos sumar.
Qué rencores queremos dejar atrás.
Qué perdones estamos dispuestos a dar.
Y qué palabras todavía podemos decir mientras las personas que amamos siguen teniendo la posibilidad de escucharlas.
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